Yo insto a todos los políticos, hombres de gobierno y líderes cooperativistas, a luchar para que esta Revolución de la Esperanza sea una trascendente para la historia. -R. Colón Torres

 

 
Discurso pronunciado por Don Ramón Colón Torres en el homenaje que le brindara la Cámara de Representantes, la liga de Cooperativas y el Movimiento Cooperativo el 22 de octubre de 1985 en el Capitolio, San Juan, Puerto Rico

  Ante la Cámara de Representantes

 

 
 

     Debería regocijarnos nuestro universo interno cuando personas que sabemos que nos quieren, comprometidos con nuestros más caros ideales, elaboran ocasiones propicias para demostrar sus sentimientos de forma digna e indudablemente inolvidable.

     No obstante, aunque profundamente agradecido, acudo a este Recinto de las Leyes, que hoy sirve de marco a la organizada expresión de cariño de algunos de mis mejores amigos y compañeros de lucha, con el corazón contrito.  Y si de algo sirve este homenaje, aparte de las consideraciones intangibles altamente apreciadas, pudiese ser de bálsamo, de superficial y efímero alivio que nos produce, aunque sincera, una sonrisa tenue a los que aún seguimos luchando en la medida de nuestras posibilidades contra las adversidades y los estigmas atávicos que continúan abatiendo a nuestro pueblo.  Porque aún no hemos dejado de sentir en nuestro ser la divina inconformidad de aquellos socialistas de antaño en cuyas obras y trayectorias se inspiró don Luis Muñoz Marín para ostentar, con impulso revolucionario de su intelecto y de su espíritu, "la herida del dolor universal."

     Cuando se lleva ese dolor como fardo acuciante que nos obliga a mirar al pueblo para entenderlo y luchar por él, las canas no son frenos para interrumpir la marcha, la orfandad de poder político no nos causa vacío ni desaliento para escribir verdades y el retiro se vuelve tan sólo un ritual social contra el que nos rebelamos hasta tanto la verde bandera de nuestra tierra sepulte nuestro cuerpo.

     Pero el espíritu del hombre es su obra, su cultura, el cultivo de la personalidad, su historia, la voluntad y el empeño con que haya enfrentado los retos.  Y como aún quiero ser útil, permítaseme hacer de este momento una página de profunda confesión.  Es un derecho de un hombre al que las tareas del campo y el imperativo del servicio público constante y el sentido recóndito de desvalimiento para acometer los ideales luchados y soñados, no le han permitido escribir un libro.

     Ciertamente, hemos querido trazar una senda desde nuestros años mozos.  Cuando aún el aroma de los cafetales arropaba nuestro ser y la agricultura y los valores de la ruralía se negaban a libertarnos, la clarinada de los años 40 nos arrastró retándonos a superar nuestro intelecto y a convertir nuestra vida en acción militante organizativa, educador y liberador.

     Muy pronto seleccionamos nuestra trinchera, el desarrollo de la vida rural y el cooperativismo y aunque desde entonces se nos llama idealistas, para nosotros el cooperativismo fue camino bien claro y sus propósitos estaban entre aquellos por los que bien valía la pena luchar.  El propio "Vate", siempre iluminado y alerta, señaló en ocasión de uno de los grandes sueños de su vida, que se llamó "El Propósito de Puerto Rico", que el cooperativismo, "la forma más social, de la libre empresa" debería contribuir lo antes posible, cuando menos, un 25% al ingreso bruto del país.

     Nosotros sabíamos desde entonces que el cooperativismo no era una panacea y mucho menos una única alternativa.  Entendíamos que el gobierno estaba llamado a ser, en su función de herramienta de planificación flexible, pero profunda, un motor generador de cambios infraestructurales, que con el respaldo del pueblo, elevarían a éste  nivel de artífice de su propio destino.

     En aquel entonces la melodía de "jalda arriba" no irrumpía en nuestros sentidos como un simple lema de campaña y menos, como un "jingle" publicitario, sino como un imperativo categórico de lucha y sacrificio.  La felicidad no era una meta individual a la que se llegaba tras ocupar una posición económica o política encumbrada.  La rehacíamos cada día saliendo a los pueblos y a los campos a trabajar con nuestra gente.

     En aquel entonces tratábamos de hacer algo ambicioso:  darle pies y manos a las ideas, agigantar a nuestro pueblo, juntos como equipo patriótico, para realzar, a través de cada uno de nosotros, el sentido de la dignidad colectiva y la capacidad de crear progreso para todos y no para unos pocos.

     En ese ascenso por la jalda:  la reforma agraria, la reforma contributiva, el desarrollo industrial, el desarrollo agrícola, el fomento del comercio y los movimientos representativos de pueblo como el cooperativismo y el sindicalismo, junto al impulso masivo de la educación, constituyeron un hito histórico.  En mayor o menor grado aquella generación supo usar el poder y aunque en ocasiones éste se volvía tentador, muchos hicimos ingentes esfuerzos para que el mismo fuese pasando al propio pueblo.

     Desde esa perspectiva veíamos al cooperativismo como una forma de resistencia organizada de los campesinos y obreros para ponerle coto a la explotación del hombre y de, a través de la ayuda mutua dentro de empresas económicas sólidas y democráticas, encauzar el ordenamiento social, preservando e incrementando nuestros propios recursos.  Progresivamente, iríamos marchando hacia el control de distintos medios vitales de distribución y producción hasta el momento de convertirnos en elemento influyente, y si posible rector, de la economía del país.

     La confesión que hoy quiero hacer no es una derrotista sino de rebeldía esperanzadora, confiando en que el eco de un grito tal vez solitario sea captado y transformado en profunda indignación.  Porque si hablamos de desarrollar la capacidad de un pueblo para indignarse, esto no debe hacerse tan sólo para que un partido saque a otro partido del poder, sino para que un pueblo comience a analizar en qué se ha fallado.

     ¿Qué ha ocurrido con la devoción al servicio público, con la honestidad administrativa, con el sabio uso del erario público, con las medidas innovadoras para mantener la productividad, con la participación activa de los grupos ciudadanos, con el respeto a las ideas de los adversarios, con las medidas sistemáticas para romper las cadenas esclavizantes que nos atan a los capitales foráneos y a los intereses de nuestro pueblo?  ¿Qué ha ocurrido con los movimientos de base popular, entre ellos el cooperativismo, azotado ahora como nunca antes con el divisionismo, la incertidumbre, el conservadurismo, escondiendo su inercia con actitudes falsas de objetividad y discreción y acosado por grupúsculos para los que la educación cooperativa y la participación del pueblo sólo se usan improvisadamente como instrumentos de manipulación?

     ¿Es que acaso no hemos fallado todos en la medida que el éxito inicial nos fue durmiendo en los laureles?  Al decir todos, me refiero a líderes políticos, jefes  de agencias y líderes profesionales del movimiento cooperativo.

     ¿Qué nos queda, después de todo, tras haber pasado por aquella revolución pacífica inicial; por aquellas operaciones conocidas como "Serenidad y Manos a la Obra"?

     Como científico social podríamos acertar a decir que sólo nos quedan con honrosas excepciones, unas estructuras con muy poco contenido social, un entorno resquebrajado y sin brújula.

     Definitivamente, en momentos así, viene a nuestra memoria la imagen de Sísifo, visualizada magistralmente por uno de nuestros más grandes patriotas, don Luis Muñoz Rivera.  La gran piedra tras el esfuerzo avasallador inicial, ha ido haciéndose cada vez más pesada en la medida en que la hemos rodado jalda arriba.  Más bien, como que resbaló hacia abajo.  Nos está aplastando.  Sabíamos que la necesitábamos para llegar a la cumbre y construir con ella un edificio sólido.  Pero en el trayecto muchos comenzaron a buscar atajos fáciles.  A veces los más capacitados han abandonado las huestes laboriosas, se han esquinado dejando menos hombros empujando hacia la meta final.

     Con estas actitudes ningún sistema progresa cualitativamente.  No basta para resolver el problema social con aparentar fuerza de voluntad y arengar a los demás al sacrificio.  Cada uno tiene que aleccionarse a sí mismo corregirse a sí mismo, humillarse a sí mismo, para renacer y convertirnos en transmisores de los más altos valores humanos.  Yo me pregunto si a estas alturas la piedra que Sísifo luchaba por levantar nos ha barrido a todos.  Me pregunto si acaso aquellos que dieron un impulso y que siguen dando ahora la espalda a sus compromisos programáticos y a las esencias más valiosas de sus ideales, equivale a traicionar el ideal que encerraba la consigna de "jalda arriba".

     ¿Con qué moral vamos a exigir una oportunidad para emprender la tarea de la reconstrucción cuando otros acometen el esfuerzo, si nosotros lo abandonamos?  Es claro que los líderes políticos de ahora, que los jefes de agencias en la actualidad, que los líderes institucionales de este pueblo, no pueden volver al pasado, puesto que las circunstancias son diferentes.  Los modelos de desarrollo que deben surgir no podrán parecerse jamás a los que podrían haberse implementado décadas atrás.  Sin embargo, está muy claro también que muchos males tradicionales apenas han variado y que muchos otros han surgido a la sombra de un sistema que a la larga ha resultado ser uno economicista, desarrollista, que ha combinado los intereses privados con los de una abultada nómina gubernamental poco productiva y para el cual los aspavientos de las luchas electorales, las promesas incumplidas, y las esperanzas de mantener vigentes las ayudas federales no han constituido solución.

     Ante estas realidades es preferible que se mantenga enhiesta la aureola de "idealistas" que algunos por aprecio y otros por ubicarnos en alguna posición ideológica no comprometedora nos han endilgado.  Pero, sépase bien, que por mas que podamos aparecer inmersos en una u otra posición, no hemos perdido nunca de vista nuestra conciencia de la realidad circundante y que nunca nos faltará la clara percepción del horizonte donde han de tomar cuerpo tangible nuestras anheladas realizaciones.  Porque al fin de cuentas, la fe en la virtud de un ideal debe ir acompañada siempre de la convicción inquebrantable en las posibilidades de su realización. 

     Algún día no muy lejano el puertorriqueño tendrá que aprender a soñar y a ver visiones para conquistar con su esfuerzo las realidades anheladas.  A ustedes en el día de hoy, amigos en el ideal cooperativista, les habrá servido de lección lo que significa aprender a brindar un homenaje a una persona en vida.  La vida es compleja y tiene muchos vericuetos.  He querido con estas palabras convertir este homenaje en uno realmente más merecido a los muchos compañeros que juntos conmigo y tal vez con más ahínco que yo, sintieron un día en sus corazones el clamor de la lucha por la patria irredenta.  Fue una época de trabajo en equipo "sin hechas ni sospechas".  Realmente no había una definición táctica de fronteras entre los políticos que legislaban, entre los hombres de Estado, los jefes de agencias y técnicos y gerentes que administraban y los líderes que sin títulos oficiales sudaban en todo instante su cuota reverente al escribir con acciones continuas la historia del país.  En esos momentos se tiraron las bases de un gobierno que sabía trabajar en equipo, estableciendo prioridades en las cuales se pensó muy poco en negociar la dignidad y el progreso del pueblo.

     "Obras son amores" y "por sus frutos los conoceréis", fueron consignas que se entresacaron de la cultura campesina para enriquecer y orientar nuestras trayectorias.  Ellas inspiraron aquellos equipos de líderes profesionales y voluntarios para:

  1. Crear una agencia de gobierno, que con un respaldo económico y logístico amplio y generoso, hablase alto de la política pública de hacer un sistema económico con verdadero sentido de servicio, no de mercaderes y esclavos, sino de verdaderos hombres libres.

  2. Establecer una Escuela de Cooperativismo que permease verdaderamente con la filosofía y las técnicas del quehacer cooperativita todo el tinglado universitario del país.

  3. Implementar un Programa de Educación Cooperativista a nivel del sistema de Instrucción Pública con idénticas proyecciones en su ámbito particular de formación humana.

  4. Sentar, en fin, las bases para lograr un movimiento cooperativista integral, constituido por organizaciones vigorosas en todos los campos del quehacer económico y social, capaz de darse a sí mismo la fuerza necesaria para su dinámico desarrollo y autonomía.

     Fueron tiempos en que la esperanza de superación de un pueblo se fue convirtiendo en convicción firme de que se estaban creando las bases para llegar a ser lo que se quisiese ser.

     En mi fuero interno no creo que me respete a mí mismo y a mis conciudadanos, si considerase que ya es el momento en que nuestro pueblo ha llegado a donde desea llegar.  Tal vez por eso el partido ahora en el poder se aupó a su actual posición triunfal promoviendo la llamada "Revolución de la Esperanza"y para ser específico, yo entiendo que los propios legisladores que aquí laboran día tras día tienen que sentirse parte del equipo que debe promover ese tipo de revolución sin el cual no es posible darle forma final positiva al sistema cooperativista y la economía del país.

     Yo insto a todos los políticos, hombres de gobierno y líderes cooperativistas, a luchar para que esta Revolución de la Esperanza sea una trascendente para la Historia.  Que no sea un mero sentimentalismo para promover una conciencia colectiva fugaz, sino una palanca indestructible par cambiar el curso rutinario y viciado, cundido las más de las veces, de simples cambios cosmetológicos que no pasan de simples pujos políticos inaceptables, para que nos inspiremos en las más genuinas fuentes del ideal cooperativista.  El mismo que oteó don Luis Muñoz Marín en las esplendorosas lecturas de sus clásicos y que conoció de primera mano al trabar amistad con el sacerdote economista y gran educador canadiense, José Alejandro MacDonald y en su viaje de estudio a Europa en 1955.

     Aquí sigue latente la esperanza que aún no encuentra cauces.  ¿Vamos todos a ser pies y manos de ella luchando por el ordenamiento social justo e imperativo para todos, o vamos a seguir con la improvisación que en nuestros actos nos dictan los intereses poderosos que manipulan nuestro sistema de vida?

     Y que con estas palabras compartidas entre todos con la intención de contribuir a que podamos pisar los umbrales de nuestro destino como pueblo, mi abrazo agradecido sea un atizonar para mantener viva la llama de la puertorriqueñidad y del ideal cooperativo.